Yo ya me había acostumbrado a vivir en continua campaña. Estos últimos cinco meses los he pasado haciendo y deshaciendo mochilas, malalimentándome, persiguiendo a los candidatos día y noche, y cuando se supone que esa rutina ha llegado a su fin porque ya hay un presidente electo en Perú, pues parece como si mi vida tuviera un vacío existencial.
Tampoco hay que exagerar, pero más vale hacerlo un poco para cuestiones de “blogging”. Para empezar, caeré en la tentación generalizada de trazar un balance de campaña porque, definitivamente, la campaña ha tenido un final de película, de esos que ni el más avispado en el género de suspense se hubiera imaginado al inicio.
Cuando llegué a Lima en enero, la entonces candidata presidencial del Apra, Mercedes Aráoz, acababa de renunciar a pelear la plaza. En total, eran once los aspirantes a ocupar el Sillón de Pizarro (¿cómo será? ¿olerá bien?), aunque sólo tres tenían opciones serias, según las encuestas. Alejandro Toledo llegó a lograr hasta un 30% de intención de voto, mientras Luis Castañeda y Keiko Fujimori se mantuvieron en torno al 20%. En el periódico se seguía por gusto a otros como Pedro Pablo Kuczynski, Ollanta Humala y hasta Manuel Rodríguez Cuadros, en aras de la pluralidad democrática.
Parecía que no pasaba nada. Una periodista veterana del diario me comentaba que veía una campaña de lo más aburrida y los temas se podían resumir en tres: los altos gastos del equipo de Perú Posible, la pasada gestión de Castañeda en la Alcaldía de Lima o la prometida renuncia a la doble nacionalidad de PPK. Soporíferos…
Sin embargo, la trama de los chismes diplomáticos estadounidenses (en otras palabras, los “wikileaks”) movió el tablero peruano e hizo ganar visibilidad al comandante Humala, quien apenas había ocupado espacio mediático. Una serie de errores llevaron a Toledo a iniciar su caída libre en los sondeos, mientras su ex ministro de Economía le hacía la competencia con artimañas a veces un tanto sucias. Se acercaba la primera vuelta y encontrábamos rostros desencajados como los de Toledo y Castañeda (al primero aún no se le ha quitado el disgusto y el segundo prácticamente ha desaparecido del mapa). El cauce electoral se volvía turbio…
¿En qué momento se radicalizó la política peruana? Cuando Ollanta y Keiko pasaron la criba. Como en ciclismo, la cabeza del pelotón sufrió el desgaste y los extremos se hicieron fuertes frente a la división de las fuerzas supuestamente más democráticas. Entonces, los dos candidatos con opciones se jugaron el todo por el todo para ganarse la confianza de un electorado reticente y de unos dirigentes dolidos. Papel especial tuvieron los medios de comunicación nacionales, que pasaron de guardar la distancia oportuna respecto del poder para pasar a hacer una campaña dura, especialmente durísima contra la candidatura de Humala. Mientras el grupo El Comercio y la mayoría de medios impresos y audiovisuales se cebaban con éste, La República mantenía (junto a algunos portales en Internet) su férrea oposición a Fujimori.
Keiko Fujimori se colocó por delante hasta la última semana. A excepción de Perú Posible, el resto de partidos políticos se decantaron por que continuase la política de Alan García (el fujimorismo había sido su fiel aliado). Por su parte, Humala presentaba documentos de compromiso y reforzaba su equipo de plan de gobierno con técnicos independientes que pusieran al margen las ideologías. El último debate presidencial mostró a un Humala más conciliador y a una Fujimori más agresiva, pero faltaban otros elementos de juicio.
Suele decirse que los errores cuentan más que los aciertos de los políticos. La actitud de varios voceros fujimoristas fue lamentable. Tampoco ayudó la estrategia de Keiko de recordar el asistencialismo de su padre e intentar al mismo tiempo desmarcarse de las violaciones de derechos humanos y la corrupción. Algo de siniestro en esa candidata debieron olerse los peruanos que en los días previos a la elección comenzaron a dejarse de ambigüedades y votaron a favor de Humala. El nacionalista sigue sin creérselo del todo y ahora estrena sus zapatos de presidente en una gira junto a su mujer por Latinoamérica que le debe estar pareciendo una “luna de miel”. Cuando se ponga a trabajar, ya será otra historia.
(Las fotos muestran Trujillo, Chanchamayo y Cusco, algunos lugares a los que tuve el privilegio de viajar como “enviada especial”).
