El Cairo es la ciudad de los gatos. Nunca en ningún otro sitio los perros se sintieron tan desplazados como en Egipto, donde los gatos han tomado literalmente las calles y los callejones. Los tanques de la plaza Tahrir se irán, como también lo harán los turistas saudíes o los fondos de inversión, pero si siete vidas tiene un gato, entonces El Cairo rebosa de vida gatuna.
Los gatos cairotas recuerdan a esos infiltrados acusados de espiar para Israel en la película de la vida real. También los árabes han debido armar sus escuadrones felinos para espiarse unos a otros, pero lo cierto es que por debajo del caos y el bullicio se reparten el territorio civilizadamente, sin tratados de paz de por medio.
Ese pacto de caballeros se ve, por ejemplo, en cualquier torre del barrio “diplomático” de Zamalek, donde abundan las embajadas. En un edificio escogido al azar, suben y bajan las escaleras que comunican 34 pisos con sigilo y clase. Sólo se intuye su presencia por el olor que dejan a su paso en los recovecos a la espalda del ascensor.
Puestos a contar, cada rellano está ocupado por un gato. Unos cartones usados, unas bolsas esparcidas por el suelo y ellos son los primeros en acomodarse en esa “petit maison” para vagabundos eternos. Desde allí espían para el resto del mundo. Observan quién entra o sale de las casas, controlan que no haya desperdicios de comida e imponen su ley en soledad como los grandes señores.
En la calle se camuflan con el polvo y las sombras de los coches. Nunca son atropellados gracias a ese instinto que debieron desarrollar en el Antiguo Egipto. Considerados animales sagrados, fueron entonces sacrificados, enterrados y hasta momificados. De todas esas prácticas aprendieron y ahora esperan su turno, preparándose para invadir las dos orillas del Nilo.
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