Yo imaginaba que una de las mayores dificultades del corresponsal de guerra era saber de qué bando venían los ataques o, cuanto menos, explicar la situación en el campo de batalla con solo mirar una pequeña parcela. Ahora, tras los últimos disturbios en El Cairo que dejaron al menos 25 muertos, sé que esas mismas dudas se presentan en cualquier escenario de violencia.

Llegamos esa noche a las inmediaciones del Maspiro, la sede de la televisión y la radio estatales, alertados por la muerte de dos soldados en una manifestación de coptos (cristianos egipcios). Sabíamos que el ambiente era tenso y que había que andarse con muchísimo cuidado para no despertar la ira de las personas que habían acudido hasta el lugar con cuchillos y palos. Desde el puente del 26 de Julio, veíamos la llegada de ambulancias para trasladar a los heridos y los tanques repletos de militares y de fuerzas de seguridad que, lejos de actuar para dispersar a la gente, permanecían a la espera de que la situación se desbordase.

Un cordón policial colocado frente al mencionado edificio público impedía el paso hacia la zona donde se estaban concentrando los choques entre los manifestantes cristianos y el ejército. Si no fuera por ese “pequeño” detalle, cualquiera pensaría desde nuestro bando que la pelea se debía a las fricciones interconfesionales. Digo esto porque a ese otro lado del Maspiro donde nos encontrábamos no había más que musulmanes que habían llegado haciendo caso de los mensajes del canal estatal, que en su cobertura de los sucesos les había pedido que salieran a defender a las Fuerzas Armadas de la agresión copta.

En esa orilla del Nilo, los extranjeros no éramos bien recibidos. Mucho menos si eras mujer y no estabas tapada con el velo islámico, puesto que daban por hecho que eras cristiana, y de las malas. A los gritos e insultos se unían voces de personas bienintencionadas que nos recomendaban salir de allí para no encrespar todavía más los ánimos. Eso fue lo que hicimos.

Con la imagen en mente de los coches carbonizados y los pañuelos antigases, me quedé pensando en que nunca sabremos quién inició realmente los enfrentamientos ni cuántas víctimas hubo en total. Sólo podremos recurrir a la impotencia y las lágrimas de los coptos en los funerales del 10 de octubre o a las explicaciones esperpénticas de la junta militar. Para quien no sé dé por satisfecho, siempre le quedará la versión de que fueron los “baltaguiya”, los matones del régimen de Hosni Mubarak, que se infiltraron para desestabilizar el proceso de transición democrática.

Tanto hablar de violencia sectaria y al final nos quedamos sin desenmascarar a su autor…

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