“La transición a la democracia tiene que ser inclusiva”

La frase del título puede parecer una obviedad, pero después de una semana en la que el referéndum sobre la Constitución egipcia ha acaparado parte de mi trabajo, está bien recordarla para no caer en la trampa. La victoria arrolladora del “Sí” a la nueva Carta Magna se ha interpretado en este país como un respaldo definitivo al plan de transición impulsado por los militares. Tanto, que hasta la posible candidatura del general Abdel Fatah al Sisi ha ganado enteros, si no los tenía ya antes. Pero no estaría de más destacar que la aprobación de un texto constitucional es un paso previsible que no determina el futuro tan importante que se juega Egipto. 

El director del Real Instituto Elcano, George Powell, acaba de dejarlo caer en una seminario sobre las transiciones democráticas. Un proceso así necesita representarse a través de actores que tomen decisiones y que respeten a aquellos que no les han votado. Una idea con la que tropezó el islamista Mohamed Mursi, pero que podría afectar a los próximos dirigentes. También la libertad alcanzada durante la revolución va a ser un factor importante para determinar el carácter democrático de un régimen, que en adelante debería garantizar la libertad de expresión, de asamblea y de asociación, según Powell. Esa óptica puede no gustar demasiado a quienes se decantan por defender el principio de seguridad en detrimento de los derechos y libertades. Además, está el asunto de la reconciliación nacional, que debe dejar de lado la venganza y nuevas injusticias con el fin de alcanzar una justicia transicional. Bonitas palabras que en la práctica se atascan frente a otra serie de prioridades. Tampoco es que la democracia vaya a resolver los problemas actuales, empezando por la crisis económica, pero implica una forma “civilizada” de actuar con la que se pueden mejorar ciertos aspectos de la vida cotidiana, lo que una buena parte de los egipcios agradecería.

Por supuesto, una transición debería aglutinar a todos los ciudadanos. No se trata de excluir a quienes se acusa de autoexcluirse, como las autoridades insisten en decir al referirse a los Hermanos Musulmanes. Hay miedos palpables que llevará tiempo superar. Ya no es solo el cumplimiento de la ley o la situación económica. Citando al sociólogo José Linz, Powell habla también de la necesidad de una sociedad civil dinámica y unos partidos políticos fuertes. El nombre de Túnez está en el aire. Solo que las diferencias entre ese país, de menor peso en la región, y Egipto impiden a este último mirar hacia un ejemplo de transición menos convulsa y más conciliadora. 

Puede haber retrocesos, como los ha habido, si bien se necesita más que esperanza para no caer en el pesimismo de que “la democracia no es compatible con los países pobres”. Añádase con los países árabes. El conflicto y la incertidumbre acompañan esos procesos, pero ¿quién dijo que salir de una dictadura fuera a tomar poco tiempo?

Los acosadores del móvil

Suena el teléfono. Te llaman desde un número desconocido. Contestas porque, obviamente, siempre cabe la posibilidad de que alguien quiera comunicarse contigo por amistad, por trabajo o por necesidad. Los primeros segundos bastan para darte cuenta de que acabas de cometer un error. “¿Alo?” “¿Quién eres?” “¿Quieres eres tú?” “¿De dónde eres?” “Que te he preguntado quién eres”. “Ah…”. “Has llamado a un número equivocado”. Cuelgas. Ya sabes lo que seguirá después. El susodicho (porque siempre es un hombre) te vuelve a llamar dos, tres, cuatro, cinco y hasta diez veces seguidas. No respondes. Lo pones en silencio. Esperas. Pero resulta que el acosador ya ha guardado tú número en su lista de contactos imposibles y cada cierto tiempo repite la misma maniobra. Da igual que sea la una de la tarde, las once de la noche o las tres de la mañana. Cada vez tentará de hablar contigo, nadie sabe muy bien si para ligar, para masturbarse o para ambas cosas. Entonces te quedas con sus once dígitos. Tratas de quitártelo de en medio colgándole sin parar, haciendo que pague llamadas interminables en silencio o pasándoselo a un compañero para que lo espante con su voz masculina, para que le vacile o para amenazarle con avisar a la policía. A veces funciona. Pero siempre hay alguien muy aburrido o solo en el mundo que decide insistir, violar tu intimidad de la forma más estúpida y molestar sin sentirse culpable. El acoso en las calles de Egipto es irritante, pero las llamadas anónimas parecen sacadas de una película de suspense… de las malas. Cuando parece que no hay escapatoria, que el imbécil de turno no quiere más que hacerse el gracioso, entonces descubres que el teléfono del que estás harta también puede ser tu salvación. Si hay egipcios que utilizan aplicaciones para saber si un número cualquiera pertenece a una mujer, ¿por qué no utilizas tú otras que bloqueen las llamadas de esa gente indeseable? Tan fácil como poner la tecnología de tu lado. Tan fácil como mandarles el mensaje de que ya no te volverán a acosar por unas pocas piastras.

El toque de queda

Yo y el toque de queda. El toque y yo. Es lo que tiene sentarse en una terraza en lo alto de un hotel desde la que se ve el Nilo y las calles vacías de humanidad. Al otro lado del puente un tanque del ejército corta el paso a los aventureros que desafían a la autoridad. La ciudad por tradición inagotable guarda silencio y solo algún barquito pone música a esta melancólica noche. A lo lejos se ven fuegos artificiales que desde varios puntos parecen gritar a la desesperada, resistiéndose a dejar caer la noche que en el reloj solo es tarde. El Cairo se vuelve taciturno. Ya son siete los días que se le ha arrebatado la vida y ni siquiera pone un límite a sus penurias. Las ganas de estar en la calle cuando el calor da una tregua se han transformado en un deseo de vivir de puertas hacia dentro, todavía más, y esperar que la mañana traiga alguna sonrisa del mundo exterior. El miedo al vacío de la noche de excepción paraliza el cuerpo, prima la seguridad. ¿Pero dónde están esos tiroteos que llegaban a los oídos sin preaviso? ¿Puede que también ellos se hayan escondido y solo sean una amenaza lejana? Desde aquí no se oyen. Bajo esa capa de temor inicial hay otra en la que se juntan los malhechores y los desarrapados, los faltos de esperanza y los hambrientos. Para ellos la capital siempre fue dura y no hay entretenimientos que valgan. La mera supervivencia es el trofeo. Lo saben y por eso no pierden nada en intimidar, jugar con las sombras inquietantes y adueñarse de los sueños ocultos. Con muchas de las luces apagadas, cuesta distinguir el peligro de la calma. En esa franja tan difusa juegan su baza los instintos más básicos y la razón sirve de bien poco. Por eso intentar entender lo que pasa bajo los pies tiene mucho de repetición y poco de entendimiento. Si acaso, tiene bastante de sentimental, pero no con imágenes conmovedoras e impactantes se puede descifrar el alcance de este toque de queda. Sus motivos ocultos. Sus fobias e indecisiones. Y mientras, un perro ladra… 

 

p.d. Ahora que los viernes vuelven a “ser” como antes, después de tres meses de restricciones a la libertad, recupero estas palabras con el deseo de que no vuelvan a repetirse. 

A cuestas con el sacrificio del carnero

Si me hubiera enterado de que la Fiesta del Sacrificio puede ser tan problemática, no hubiera escrito esta crónica. Hubiera contado la historia de esa simpática mujer que pensó en celebrar la festividad musulmana con sus mejores intenciones y se topó con una realidad de lo más cruel.

No había dormido en toda la noche cuando se fue a rezar con los suyos la oración que da inicio al “Aid al Adha”. Ya se podía degollar al cordero, pero en su familia decidieron que una cabra tendría mejor sabor. Ante el dilema de dónde sacrificar el animal, ella se opuso a hacerlo frente a la puerta de su casa, que era un piso bajo. ¿Su temor? Que les cayera uno de esos carneros que enloquecían en la azotea del edificio al ver la muerte de sus compañeros y la suya propia tan cerca. Y es que no sería el primer año que una de esas reses saltase hacia el abismo y sus huesos diesen a parar en el cemento de la calle a la vista de los transeúntes (si no encima de alguno).

La alternativa era cumplir el ritual en una especie de patio, donde los vecinos se turnaban para pasar el cuchillo. Allí el disputado matarife se negaba a hacer más de tres cortes por animal. Nada de quitar tripas o despellejar en condiciones, pues el hombre no daba abasto. Encima, el consuegro se empeñó en que la cabra mirase a la Meca, como ordena la tradición islámica más ortodoxa. Y el sacrificio comenzó a dar tantas vueltas…

A la mujer se le empezaba a agotar la paciencia, pero aún tuvo que esperar a ver cómo el portero, ansioso por viajar a su pueblo, apenas pasó un cubo de agua para diluir el torrente de sangre. “Te dije que lo limpiaras”, le espetó ella, mientras cogía unos trapos y se ponía a frotar el suelo con ahínco. Esa actitud la enfrentó a su hijo, que no entendía cómo su madre se podía poner a las faenas de la limpieza en ese preciso momento.

Por si esto no fuera poco, los pobres del barrio la rodearon pidiendo su parte. Por lo general, los musulmanes se quedan con un tercio de la carne y el resto la reparten entre sus allegados y los más necesitados. Estaba ya pesando las cantidades y haciendo paquetes cuando la muchedumbre le reclamó, no ya una parte cualquiera de la cabra, sino aquella que más le gustaba. “Increíble que exijan cuando se lo estoy ofreciendo”, pensó. Una vez listas las bolsas, se paseó por todo el barrio alimentando a los más desfavorecidos.

Llegaron las cuatro de la tarde y ella estaba exhausta, con una hambre canina y sin ganas ni de carnero ni de ternera ni de cabra. Sólo quería un poco de paz. Se comió un pedazo de queso de modo testimonial y dejó su parte de carne para el almuerzo familiar del día siguiente. Así pasa cuando la fiesta del sacrificio tiene poco de fiesta y mucho de sacrificio.

 

Egipto en llamas

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No seré yo la primera que se lleve las manos a la cabeza. Han pasado muchos días, pero también semanas y meses, en los que Egipto forjaba su transición democrática de una manera violenta, sangrienta, por momentos hasta suicida. Quedaba, no obstante, la esperanza de que finalmente las aguas volvieran a su cauce y este país recobrara parte del esplendor que pudo tener.

Hoy, en una jornada más de disturbios sin sentido, me inunda más que la rabia, la impotencia y la tristeza. Siento que he dejado de ser una observadora capaz de aglutinar opiniones diversas a volverme una crítica redomada de un país que se encamina hacia el abismo (¿como el mío?). Será quizás que me he hartado de ver disparos contra piedras, gases lacrimógenos contra cócteles molotov, o cañones de agua contra estampidas. Quien lo observe por primera vez, puede pensar que todo eso es un juego de adrenalinas. Para quien lleva más de un año en las mismas, nuevos recursos como los rayos láser, los fuegos artificiales o los pasamontañas no tienen mayor gracia. Simplemente, cansan.

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La revolución de las chanclas tenía un riesgo. A la mínima que no se colmasen las necesidades de los ciudadanos, estos ya sabrían cómo quebrantar el orden, desesperar a vecinos y autoridades, y hacerse dueños de la calle. Los cientos de jóvenes que estos días se ven en las trincheras improvisadas de la plaza Tahrir o cualquier ciudad egipcia llevan dos años practicando la violencia en las manifestaciones. Me resisto a ponerlos al mismo nivel que a los opositores, la mayoría de ellos egipcios que con su pacifismo a cuestas han reivindicado en este tiempo que se les escuche.

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Lo que vemos ahora es que algunos de esos jóvenes, para quienes el riesgo de morir es un incentivo y sus perspectivas de futuro pintan mal, han descubierto que detrás de la guerrilla urbana hay un modo de vida, la pertenencia a un grupo y un par de ideales para salir del paso. Cuando hasta los mismos activistas que antes criticaban la actuación de la policía ahora se escandalizan con la provocación de esos chavales, hay que sentarse a pensar.

No serán la persecución de la Fiscalía ni la construcción de un muro ni las palabras amables del presidente lo que llevará a estos chicos a volver a sus casas. Como en otras ocasiones, lo más probable es que lo hagan cuando se aburran o necesiten volver a cualquiera de sus ocupaciones para subsistir. Pero esa salida fácil no es ninguna garantía, puesto que cada vez que estalla la violencia, esa mezcla heterogénea de agitadores deja impresa la amarga huella del descontento y del odio al sistema.

Foto 1. Encuentre las siete diferencias de las protestas de ayer y hoy.

Foto 2. El segundo aniversario de la revolución fue muy distinto al primero.

Mundo de locos

Quizás ese sea mi resumen emotivo de los últimos días. Mundo de locos… Mundo incongruente… Viendo ese vídeo en el que un joven grita desde el andén del metro de Atocha (Madrid) “Estáis locos” porque los antidisturbios están disparando allí pelotas de goma, pienso en aquel momento en que perdimos la cordura.

La carga policial del 25S no fue, para nada, impecable. Es lo que tienen las cargas policiales, aunque al otro lado de la barrera haya alborotadores, infiltrados,… qué sé yo. Cuando el presidente de un país viaja a Naciones Unidas para exclamar en ese importante foro como es la Asamblea General que alaba a quienes no se manifiestan, quitándoles el derecho a expresar sus ideas a miles de ciudadanos desesperados y hartos de la situación económica y la clase política, hay que pensar seriamente a quién representa ese señor.

En una semana en la que los acontecimientos en Oriente Próximo han estado cargados de ira hacia vídeos y caricaturas sobre Mahoma, tengo serias dudas de que la sensatez abunde en el mundo que llaman “civilizado”. En España y en Holanda, decenas de personas fueron detenidas por intentar entrar en un festival de música con el aforo completo y por aparecer en una fiesta que una adolescente anunció en Facebook y luego canceló, respectivamente. En Egipto protestan por las “blasfemias” contra Mahoma,  y en Europa tienen motivos varios como cuando la diversión se les escapa de las manos.

Las protestas contra el bochornoso vídeo del profeta del islam se entienden por una cuestión de valores. Para un musulmán la religión está por encima de todo, incluida la libertad; mientras que en Occidente damos prioridad a esto último. Una libertad que luego descuidamos a la primera de cambio, junto a otros derechos como la intimidad. Solo hay que echar un vistazo al coladero de Facebook, de marca estadounidense, cuando deja al descubierto millones de mensajes privados mientras muchos de sus usuarios siguen confiando en la seguridad de sus comunicaciones. Una ayuda más para los servicios secretos estatales…

O el caso de Youtube, también norteamericano, que -en medio de violentos disturbios- retira los vídeos polémicos a petición de los Gobiernos, mientras estos últimos idean en alianza con los medios de comunicación locales formas de defender al profeta con películas y cómics. Prohibido representar la figura de Mahoma… Entre esas aguas me muevo esta semana, de polémica en polémica, con ganas de aferrarme a un referente cuerdo o… directamente alejarme de las noticias aunque de ellas viva.

Parada obligada: Manial

En esta locura que está siendo el arranque de los comicios presidenciales en Egipto, quiero perderme por otros puntos del mapa electoral más allá de conspiraciones y otros chismes.

Si en la última semana todas las miradas han estado puestas en la comisión electoral, que finalmente descalificó a tres de los favoritos nada más inscribirse, una parada en el Manial puede darnos algunas claves para entender cómo se cuece la aparentemente caótica política local.

Esta isla en mitad del Nilo es una zona  tranquila, con bloques residenciales y arboledas en sendas orillas del río. Sin ningún interés turístico o encanto especial, el Manial alberga la modesta sede de los Hermanos Musulmanes, metidos de lleno en el juego político a través del Partido Libertad y Justicia (PLJ).

Entrar allí suponer todo un ejercicio de feminidad: básicamente, por el contraste que supone ser la única mujer en un ambiente de hombres reacios a estrecharte la mano por sus creencias islámicas.

Pareciera que ninguno de los que están en la recepción tiene asuntos urgentes que despachar. Todo lo contrario, los varones del partido siguen las noticias por televisión, beben su té azucarado, charlan los unos con los otros y contestan de vez en cuando al teléfono, en forma de pinganillo que llevan sin disimulo en la oreja. También los hay que consultan su Blackberry o su Ipad, sacan papeles de sus maletines de cuero y se mueven por la oficina en zapatillas blancas de andar por casa.

Solo uno de ellos se digna a saludarme unos minutos para intercambiar ideas vagas sobre lo que está sucediendo en la arena política. Los Hermanos se afanan en explicar a cualquiera -prensa extranjera, incluida- por qué han decidido presentar un candidato presidencial, incumpliendo así su promesa de no aspirar a ocupar los principales poderes del estado, dado que ya cuentan con el dominio del Parlamento y la paralizada Asamblea Constituyente.

Estamos discutiendo abiertamente el grado de amenaza que representa la Junta Militar y sus intereses en los meses venideros, cuando un almuecín casero comienza a llamar a la oración. En un santiamén, los islamistas despliegan sus alfombras e improvisan una pequeña mezquita en esa planta del Manial.

El ritual empieza. Los hombres trajeados y de barbas bien recortadas dejan sus zapatillas a los lados y se concentran en sus obligaciones religiosas, que no son pocas.

En ese momento aparecen de una sala contigua los poderosos Saad al Katatni, el jefe del Parlamento, y Mohamed Mursi, el presidente del PLJ que finalmente será la baza principal del grupo para alcanzar la Jefatura del Estado. Ambos se unen al rezo y un periodista egipcio me pide educadamente que me ausente. Otras veces basta con que la mujer se sitúe detrás, pero no entonces.

Dos horas esperando en una silla con el plástico de envoltorio todavía sin retirar, hasta que finalmente toca entrevistar a uno de los diputados del partido. Tras descubrir in situ que el gabinete de prensa no ha contactado con la persona adecuada, no queda otro remedio que salir de la sede y decir hasta luego. “Maa salama”, dicen los hombres de negro reunidos en una sala y concentrados en torno a unas diapositivas en pdf.

Ellos son los encargados de mover todo el engranaje de un movimiento que en las calles ha calado hondo durante décadas de oscurantismo  y ahora están dispuestos a recoger sus frutos y aumentar su cuota de poder a todas luces. Todo ello, desde su base de operaciones en el Manial.

El juicio paralelo

En todas las grandes causas, hay un juicio paralelo. Aquel que los medios de comunicación y la opinión pública se encargan de alimentar, al margen de las decisiones judiciales. En el caso del expresidente egipcio Hosni Mubarak, solo hay que acercarse a las afueras del complejo donde se le procesa para ver el circo que lo rodea.

Cientos de miembros de seguridad vigilan la entrada de la Academia Policial a la que el ‘rais’ depuesto acude en helicóptero cada vez que hay una nueva sesión. Los policías suelen ser jóvenes y de baja extracción, pasan largas horas sin moverse hasta que un jefe les ordena que se sienten o cambien de sitio. No comen  y solo de vez en cuando se pasea una botella de agua que van sorbiendo por grupos. También hay niños que llevan bandejas llenas de panes que rápidamente se agotan. Bajo un sol de justicia, los policías tienen hambre y matan las horas con su único entretenimiento: piropear a las mujeres. Los pobres…

A ambos lados de la entrada del recinto, se colocan los partidarios de Mubarak versus los contrarios. Los primeros ni siquiera tienen gracia: son en su mayoría egipcias que llegan con un retrato del exmandatario bajo el brazo y lamentan que el pueblo no se acuerde de lo bien que este gobernó. Desde señoras humildes ataviadas con ‘niqab’ hasta otras de clase media-alta, con mechas rubias incluidas, las defensoras de Mubarak no hacen ruido en su alarde del anterior régimen.

La otra parte es mucho más bulliciosa. Una veintena de personas acapara la atención de las cámaras con una serie de muñecos rojos colgados de una horca. Sólo quieren la ejecución del dictador y en su alegato final enseñan fotografías de los mártires de la revolución. Puestos a sacar provecho, también se venden chanclas con las caras de Mubarak y sus colaboradores impresas. Muchos estarían dispuestos a pisar a los acusados… En un gesto más de desprecio hacia el poder acabado.

Los locos abundan, y los niños desarrapados. Los hay que se encadenan, pidiendo la cadena perpetua para Mubarak, y los que pintan vampiros, contra la corrupción y el robo. Ellos, junto con los chicos de la calle, se agolpan a la entrada en busca de los abogados que salen a echarse un cigarro mientras tratan de deshacerse de ese tipo de moscones, hasta con bofetones y patadas si hace falta.

Los más pobres del lugar van a pedir limosna a esos hombres en traje que ya conocen de otros días. Los periodistas se ríen, graban las imágenes y esperan pacientemente en sus coches hasta que el juez decida la fecha de la sentencia. El próximo 2 de junio se vivirán escenas similares. Un juicio histórico que no ha levantado tantas ampollas como se esperaba… Hasta el momento.

¿Qué pasó en Port Said?

Acabo de llegar de Port Said. Estoy cansada, tengo sueño pero no consigo relajarme y las noticias por Internet son mi sustento. Si hace unos días pensaba en la posibilidad de escribir sobre asuntos más frívolos, tras una especie de saturación revolucionaria, hoy sigo centrándome en los muertos y heridos, en los sucesos que escapan de toda lógica y que revuelven los estómagos.

¿Qué pasó en Port Said? ¿Cómo es posible que los aficionados del Masry, el equipo de fútbol local, se lanzasen a agredir a los del Ahly en una verdadera batalla campal que dejó 74 muertos y cientos de heridos? ¿Es verdad, como aseguran en la ciudad, que todo fue una operación de las fuerzas de seguridad, quienes con absoluta pasividad dieron vía libre a los matones del régimen de Hosni Mubarak?

El fútbol es un deporte/espectáculo que entretiene a las masas, pero cuando alberga la tragedia, pierde su esencia y se convierte en un áspero asunto político y nacional. La revolución egipcia no está para bromas y ya han saltado las chispas con varios muertos en la capital y otras zonas. Y es que sin seguridad, el país se ve caminando a tientas y perdiendo el halo de esperanza que infundió la caída del “Faraón”.

La entrada ayer en el estadio fue como reconstruir la escena de un crimen imperfecto. Las vallas que supuestamente habían aprisionado a los hinchas aparecían cerradas o abiertas, pero sin importantes fisuras. Había sillas arrancadas, zapatos y pantalones ensangrentados por el césped, la pista de atletismo y las gradas. Sin un solo policía en el lugar, los empleados y responsables del estadio daban vueltas comentando la maléfica jugada.

Llegó el fiscal general de la Nación, rodeado de un séquito plagado de gabardinas negras y gafas de sol, al más puro estilo “Vito Corleone”, y los periodistas le rodearon para interrogarle sin éxito. Fuera del estadio, una multitud se concentraba para llorar por las víctimas y clamar por la unidad de los egipcios.

Ya sea culpa o no de los “Águilas verdes”, “Dragones rojos” o “Caballeros blancos”, como se conoce a los principales grupos de ultras del Masry, del Ahly o del Zamalek, el fútbol egipcio ha calcado la bestialidad de ciertas protestas en la plaza Tahrir. Unos ven la mano negra del poder y otros un imprevisto incontrolable. Por lo que me contaron, la masacre de Port Said venía precedida de una fuerte dosis de tensión y se podía haber evitado.

En un café de esa ciudad mediterránea, un señor con camisa y bufanda roja al cuello se lamenta por el desenlace del partido. Le apasiona el fútbol, como a la inmensa mayoría de los egipcios, pero no encuentra palabras para hablar del tema. La noticia caló hondo en esas calles de herencia colonial inglesa y en las tertulias acompañadas con “shisha” y televisión.

En la tarde, sin embargo, Port Said apareció inundada de muñecos gigantes con forma de bolos. Al parecer, numerosas parejas de novios se acababan de casar y habían pintado sus nombres en esas curiosas figuras con motivo de la celebración. Nunca hubiera imaginado un final como ese para una jornada de dudas, impotencia y luto. ¿Será parte de las paradojas de este país?

Las revoluciones son para contarlas

Hoy he decidido romper mi silencio. Parecía que este blog iba a morir de un momento a otro, apabullado por la actualidad sin tregua en Egipto y el mutismo de su creadora. Tras varias idas y venidas, he decidido retomarlo según mi costumbre de los últimos dos años para así tener satisfechos a mis lectores, que por pocos que sean, merecen colmar su sed de relatos.

Escribo un día antes de que se cumpla el primer aniversario de la Revolución del 25 de Enero en Egipto. Han pasado muchas cosas desde mi última entrada, quizás demasiadas, pero en ningún caso intentaré resumirlas. Sólo diré que, sin haber vivido aquellos días en que el pueblo egipcio gritaba a Hosni Mubarak que se fuera, hoy en día el panorama es igualmente incierto.

He visto cómo la plaza de Tahrir se degradaba hasta niveles intolerables. Si las revolucione se hicieron con sangre, esta vez tampoco faltó en medio de tanta violencia gratuita. Hoy el aspecto que presenta el centro de la agitación es todo un símbolo de la decadencia de los movimientos que, pese a su intento de mantener viva la chispa de la protesta, han dejado paso a un campamento base de suciedad y malos augurios.

El descontento en esta carrera a contratiempo ha ido parejo a una transición política que iba tomando forma, primero con unas elecciones y luego con un Parlamento de mayoría islamista aplastante. Los egipcios ejercieron su derecho al voto entre más o menos presiones, más o menos infracciones, pero nadie pone en duda que salieron victoriosos los que más votos obtuvieron, en este caso, los Hermanos Musulmanes.

El papel del Ejército como garante de la democracia puede ser discutido y sus decisiones tardías y ambiguas no dejan de levantar sospechas. De cualquier forma, habrá que esperar a los acontecimientos de los próximos meses para saber si sus intenciones iban en la dirección correcta o si no hicieron más que maquillar la realidad para que nadie se espantara.

Egipto es por naturaleza revolucionario. Leyendo acerca de las manifestaciones que se organizaron en 1919 en contra de la ocupación inglesa, cualquiera puede darse cuenta de que el activismo moderno es una herencia adornada de nuevas tecnologías.

Mientras el espectáculo continúe, tendremos intrigas palaciegas entre la Junta Militar y los islamistas, ansiosos por dejar su impronta en el modelo de Estado y sociedad, cuyas bases ya controlan. Y Tahrir puede que quede en el imaginario colectivo como ese lugar común de rebelión contra el poder, o que resurja de sus cenizas en el momento menos esperado.

En vez de aparecer como una espectadora sedentaria que engulle bolsas de palomitas, a mí me veréis con el bolígrafo en la mano y la grabadora en ON. También puede que esté tecleando a toda velocidad para sacar las noticias de la convulsionada vida política y social de un país. Me preguntarán si me gusta. A decir verdad, me encanta. Aunque luego no me queden fuerzas ni para actualizar un sencillo y rudimentario blog como este.