Acabo de llegar de Port Said. Estoy cansada, tengo sueño pero no consigo relajarme y las noticias por Internet son mi sustento. Si hace unos días pensaba en la posibilidad de escribir sobre asuntos más frívolos, tras una especie de saturación revolucionaria, hoy sigo centrándome en los muertos y heridos, en los sucesos que escapan de toda lógica y que revuelven los estómagos.

¿Qué pasó en Port Said? ¿Cómo es posible que los aficionados del Masry, el equipo de fútbol local, se lanzasen a agredir a los del Ahly en una verdadera batalla campal que dejó 74 muertos y cientos de heridos? ¿Es verdad, como aseguran en la ciudad, que todo fue una operación de las fuerzas de seguridad, quienes con absoluta pasividad dieron vía libre a los matones del régimen de Hosni Mubarak?

El fútbol es un deporte/espectáculo que entretiene a las masas, pero cuando alberga la tragedia, pierde su esencia y se convierte en un áspero asunto político y nacional. La revolución egipcia no está para bromas y ya han saltado las chispas con varios muertos en la capital y otras zonas. Y es que sin seguridad, el país se ve caminando a tientas y perdiendo el halo de esperanza que infundió la caída del “Faraón”.

La entrada ayer en el estadio fue como reconstruir la escena de un crimen imperfecto. Las vallas que supuestamente habían aprisionado a los hinchas aparecían cerradas o abiertas, pero sin importantes fisuras. Había sillas arrancadas, zapatos y pantalones ensangrentados por el césped, la pista de atletismo y las gradas. Sin un solo policía en el lugar, los empleados y responsables del estadio daban vueltas comentando la maléfica jugada.

Llegó el fiscal general de la Nación, rodeado de un séquito plagado de gabardinas negras y gafas de sol, al más puro estilo “Vito Corleone”, y los periodistas le rodearon para interrogarle sin éxito. Fuera del estadio, una multitud se concentraba para llorar por las víctimas y clamar por la unidad de los egipcios.

Ya sea culpa o no de los “Águilas verdes”, “Dragones rojos” o “Caballeros blancos”, como se conoce a los principales grupos de ultras del Masry, del Ahly o del Zamalek, el fútbol egipcio ha calcado la bestialidad de ciertas protestas en la plaza Tahrir. Unos ven la mano negra del poder y otros un imprevisto incontrolable. Por lo que me contaron, la masacre de Port Said venía precedida de una fuerte dosis de tensión y se podía haber evitado.

En un café de esa ciudad mediterránea, un señor con camisa y bufanda roja al cuello se lamenta por el desenlace del partido. Le apasiona el fútbol, como a la inmensa mayoría de los egipcios, pero no encuentra palabras para hablar del tema. La noticia caló hondo en esas calles de herencia colonial inglesa y en las tertulias acompañadas con “shisha” y televisión.

En la tarde, sin embargo, Port Said apareció inundada de muñecos gigantes con forma de bolos. Al parecer, numerosas parejas de novios se acababan de casar y habían pintado sus nombres en esas curiosas figuras con motivo de la celebración. Nunca hubiera imaginado un final como ese para una jornada de dudas, impotencia y luto. ¿Será parte de las paradojas de este país?

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