En todas las grandes causas, hay un juicio paralelo. Aquel que los medios de comunicación y la opinión pública se encargan de alimentar, al margen de las decisiones judiciales. En el caso del expresidente egipcio Hosni Mubarak, solo hay que acercarse a las afueras del complejo donde se le procesa para ver el circo que lo rodea.

Cientos de miembros de seguridad vigilan la entrada de la Academia Policial a la que el ‘rais’ depuesto acude en helicóptero cada vez que hay una nueva sesión. Los policías suelen ser jóvenes y de baja extracción, pasan largas horas sin moverse hasta que un jefe les ordena que se sienten o cambien de sitio. No comen  y solo de vez en cuando se pasea una botella de agua que van sorbiendo por grupos. También hay niños que llevan bandejas llenas de panes que rápidamente se agotan. Bajo un sol de justicia, los policías tienen hambre y matan las horas con su único entretenimiento: piropear a las mujeres. Los pobres…

A ambos lados de la entrada del recinto, se colocan los partidarios de Mubarak versus los contrarios. Los primeros ni siquiera tienen gracia: son en su mayoría egipcias que llegan con un retrato del exmandatario bajo el brazo y lamentan que el pueblo no se acuerde de lo bien que este gobernó. Desde señoras humildes ataviadas con ‘niqab’ hasta otras de clase media-alta, con mechas rubias incluidas, las defensoras de Mubarak no hacen ruido en su alarde del anterior régimen.

La otra parte es mucho más bulliciosa. Una veintena de personas acapara la atención de las cámaras con una serie de muñecos rojos colgados de una horca. Sólo quieren la ejecución del dictador y en su alegato final enseñan fotografías de los mártires de la revolución. Puestos a sacar provecho, también se venden chanclas con las caras de Mubarak y sus colaboradores impresas. Muchos estarían dispuestos a pisar a los acusados… En un gesto más de desprecio hacia el poder acabado.

Los locos abundan, y los niños desarrapados. Los hay que se encadenan, pidiendo la cadena perpetua para Mubarak, y los que pintan vampiros, contra la corrupción y el robo. Ellos, junto con los chicos de la calle, se agolpan a la entrada en busca de los abogados que salen a echarse un cigarro mientras tratan de deshacerse de ese tipo de moscones, hasta con bofetones y patadas si hace falta.

Los más pobres del lugar van a pedir limosna a esos hombres en traje que ya conocen de otros días. Los periodistas se ríen, graban las imágenes y esperan pacientemente en sus coches hasta que el juez decida la fecha de la sentencia. El próximo 2 de junio se vivirán escenas similares. Un juicio histórico que no ha levantado tantas ampollas como se esperaba… Hasta el momento.

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