En esta locura que está siendo el arranque de los comicios presidenciales en Egipto, quiero perderme por otros puntos del mapa electoral más allá de conspiraciones y otros chismes.

Si en la última semana todas las miradas han estado puestas en la comisión electoral, que finalmente descalificó a tres de los favoritos nada más inscribirse, una parada en el Manial puede darnos algunas claves para entender cómo se cuece la aparentemente caótica política local.

Esta isla en mitad del Nilo es una zona  tranquila, con bloques residenciales y arboledas en sendas orillas del río. Sin ningún interés turístico o encanto especial, el Manial alberga la modesta sede de los Hermanos Musulmanes, metidos de lleno en el juego político a través del Partido Libertad y Justicia (PLJ).

Entrar allí suponer todo un ejercicio de feminidad: básicamente, por el contraste que supone ser la única mujer en un ambiente de hombres reacios a estrecharte la mano por sus creencias islámicas.

Pareciera que ninguno de los que están en la recepción tiene asuntos urgentes que despachar. Todo lo contrario, los varones del partido siguen las noticias por televisión, beben su té azucarado, charlan los unos con los otros y contestan de vez en cuando al teléfono, en forma de pinganillo que llevan sin disimulo en la oreja. También los hay que consultan su Blackberry o su Ipad, sacan papeles de sus maletines de cuero y se mueven por la oficina en zapatillas blancas de andar por casa.

Solo uno de ellos se digna a saludarme unos minutos para intercambiar ideas vagas sobre lo que está sucediendo en la arena política. Los Hermanos se afanan en explicar a cualquiera -prensa extranjera, incluida- por qué han decidido presentar un candidato presidencial, incumpliendo así su promesa de no aspirar a ocupar los principales poderes del estado, dado que ya cuentan con el dominio del Parlamento y la paralizada Asamblea Constituyente.

Estamos discutiendo abiertamente el grado de amenaza que representa la Junta Militar y sus intereses en los meses venideros, cuando un almuecín casero comienza a llamar a la oración. En un santiamén, los islamistas despliegan sus alfombras e improvisan una pequeña mezquita en esa planta del Manial.

El ritual empieza. Los hombres trajeados y de barbas bien recortadas dejan sus zapatillas a los lados y se concentran en sus obligaciones religiosas, que no son pocas.

En ese momento aparecen de una sala contigua los poderosos Saad al Katatni, el jefe del Parlamento, y Mohamed Mursi, el presidente del PLJ que finalmente será la baza principal del grupo para alcanzar la Jefatura del Estado. Ambos se unen al rezo y un periodista egipcio me pide educadamente que me ausente. Otras veces basta con que la mujer se sitúe detrás, pero no entonces.

Dos horas esperando en una silla con el plástico de envoltorio todavía sin retirar, hasta que finalmente toca entrevistar a uno de los diputados del partido. Tras descubrir in situ que el gabinete de prensa no ha contactado con la persona adecuada, no queda otro remedio que salir de la sede y decir hasta luego. “Maa salama”, dicen los hombres de negro reunidos en una sala y concentrados en torno a unas diapositivas en pdf.

Ellos son los encargados de mover todo el engranaje de un movimiento que en las calles ha calado hondo durante décadas de oscurantismo  y ahora están dispuestos a recoger sus frutos y aumentar su cuota de poder a todas luces. Todo ello, desde su base de operaciones en el Manial.

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