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No seré yo la primera que se lleve las manos a la cabeza. Han pasado muchos días, pero también semanas y meses, en los que Egipto forjaba su transición democrática de una manera violenta, sangrienta, por momentos hasta suicida. Quedaba, no obstante, la esperanza de que finalmente las aguas volvieran a su cauce y este país recobrara parte del esplendor que pudo tener.

Hoy, en una jornada más de disturbios sin sentido, me inunda más que la rabia, la impotencia y la tristeza. Siento que he dejado de ser una observadora capaz de aglutinar opiniones diversas a volverme una crítica redomada de un país que se encamina hacia el abismo (¿como el mío?). Será quizás que me he hartado de ver disparos contra piedras, gases lacrimógenos contra cócteles molotov, o cañones de agua contra estampidas. Quien lo observe por primera vez, puede pensar que todo eso es un juego de adrenalinas. Para quien lleva más de un año en las mismas, nuevos recursos como los rayos láser, los fuegos artificiales o los pasamontañas no tienen mayor gracia. Simplemente, cansan.

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La revolución de las chanclas tenía un riesgo. A la mínima que no se colmasen las necesidades de los ciudadanos, estos ya sabrían cómo quebrantar el orden, desesperar a vecinos y autoridades, y hacerse dueños de la calle. Los cientos de jóvenes que estos días se ven en las trincheras improvisadas de la plaza Tahrir o cualquier ciudad egipcia llevan dos años practicando la violencia en las manifestaciones. Me resisto a ponerlos al mismo nivel que a los opositores, la mayoría de ellos egipcios que con su pacifismo a cuestas han reivindicado en este tiempo que se les escuche.

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Lo que vemos ahora es que algunos de esos jóvenes, para quienes el riesgo de morir es un incentivo y sus perspectivas de futuro pintan mal, han descubierto que detrás de la guerrilla urbana hay un modo de vida, la pertenencia a un grupo y un par de ideales para salir del paso. Cuando hasta los mismos activistas que antes criticaban la actuación de la policía ahora se escandalizan con la provocación de esos chavales, hay que sentarse a pensar.

No serán la persecución de la Fiscalía ni la construcción de un muro ni las palabras amables del presidente lo que llevará a estos chicos a volver a sus casas. Como en otras ocasiones, lo más probable es que lo hagan cuando se aburran o necesiten volver a cualquiera de sus ocupaciones para subsistir. Pero esa salida fácil no es ninguna garantía, puesto que cada vez que estalla la violencia, esa mezcla heterogénea de agitadores deja impresa la amarga huella del descontento y del odio al sistema.

Foto 1. Encuentre las siete diferencias de las protestas de ayer y hoy.

Foto 2. El segundo aniversario de la revolución fue muy distinto al primero.

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