Si me hubiera enterado de que la Fiesta del Sacrificio puede ser tan problemática, no hubiera escrito esta crónica. Hubiera contado la historia de esa simpática mujer que pensó en celebrar la festividad musulmana con sus mejores intenciones y se topó con una realidad de lo más cruel.

No había dormido en toda la noche cuando se fue a rezar con los suyos la oración que da inicio al “Aid al Adha”. Ya se podía degollar al cordero, pero en su familia decidieron que una cabra tendría mejor sabor. Ante el dilema de dónde sacrificar el animal, ella se opuso a hacerlo frente a la puerta de su casa, que era un piso bajo. ¿Su temor? Que les cayera uno de esos carneros que enloquecían en la azotea del edificio al ver la muerte de sus compañeros y la suya propia tan cerca. Y es que no sería el primer año que una de esas reses saltase hacia el abismo y sus huesos diesen a parar en el cemento de la calle a la vista de los transeúntes (si no encima de alguno).

La alternativa era cumplir el ritual en una especie de patio, donde los vecinos se turnaban para pasar el cuchillo. Allí el disputado matarife se negaba a hacer más de tres cortes por animal. Nada de quitar tripas o despellejar en condiciones, pues el hombre no daba abasto. Encima, el consuegro se empeñó en que la cabra mirase a la Meca, como ordena la tradición islámica más ortodoxa. Y el sacrificio comenzó a dar tantas vueltas…

A la mujer se le empezaba a agotar la paciencia, pero aún tuvo que esperar a ver cómo el portero, ansioso por viajar a su pueblo, apenas pasó un cubo de agua para diluir el torrente de sangre. “Te dije que lo limpiaras”, le espetó ella, mientras cogía unos trapos y se ponía a frotar el suelo con ahínco. Esa actitud la enfrentó a su hijo, que no entendía cómo su madre se podía poner a las faenas de la limpieza en ese preciso momento.

Por si esto no fuera poco, los pobres del barrio la rodearon pidiendo su parte. Por lo general, los musulmanes se quedan con un tercio de la carne y el resto la reparten entre sus allegados y los más necesitados. Estaba ya pesando las cantidades y haciendo paquetes cuando la muchedumbre le reclamó, no ya una parte cualquiera de la cabra, sino aquella que más le gustaba. “Increíble que exijan cuando se lo estoy ofreciendo”, pensó. Una vez listas las bolsas, se paseó por todo el barrio alimentando a los más desfavorecidos.

Llegaron las cuatro de la tarde y ella estaba exhausta, con una hambre canina y sin ganas ni de carnero ni de ternera ni de cabra. Sólo quería un poco de paz. Se comió un pedazo de queso de modo testimonial y dejó su parte de carne para el almuerzo familiar del día siguiente. Así pasa cuando la fiesta del sacrificio tiene poco de fiesta y mucho de sacrificio.

 

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