Yo y el toque de queda. El toque y yo. Es lo que tiene sentarse en una terraza en lo alto de un hotel desde la que se ve el Nilo y las calles vacías de humanidad. Al otro lado del puente un tanque del ejército corta el paso a los aventureros que desafían a la autoridad. La ciudad por tradición inagotable guarda silencio y solo algún barquito pone música a esta melancólica noche. A lo lejos se ven fuegos artificiales que desde varios puntos parecen gritar a la desesperada, resistiéndose a dejar caer la noche que en el reloj solo es tarde. El Cairo se vuelve taciturno. Ya son siete los días que se le ha arrebatado la vida y ni siquiera pone un límite a sus penurias. Las ganas de estar en la calle cuando el calor da una tregua se han transformado en un deseo de vivir de puertas hacia dentro, todavía más, y esperar que la mañana traiga alguna sonrisa del mundo exterior. El miedo al vacío de la noche de excepción paraliza el cuerpo, prima la seguridad. ¿Pero dónde están esos tiroteos que llegaban a los oídos sin preaviso? ¿Puede que también ellos se hayan escondido y solo sean una amenaza lejana? Desde aquí no se oyen. Bajo esa capa de temor inicial hay otra en la que se juntan los malhechores y los desarrapados, los faltos de esperanza y los hambrientos. Para ellos la capital siempre fue dura y no hay entretenimientos que valgan. La mera supervivencia es el trofeo. Lo saben y por eso no pierden nada en intimidar, jugar con las sombras inquietantes y adueñarse de los sueños ocultos. Con muchas de las luces apagadas, cuesta distinguir el peligro de la calma. En esa franja tan difusa juegan su baza los instintos más básicos y la razón sirve de bien poco. Por eso intentar entender lo que pasa bajo los pies tiene mucho de repetición y poco de entendimiento. Si acaso, tiene bastante de sentimental, pero no con imágenes conmovedoras e impactantes se puede descifrar el alcance de este toque de queda. Sus motivos ocultos. Sus fobias e indecisiones. Y mientras, un perro ladra… 

 

p.d. Ahora que los viernes vuelven a “ser” como antes, después de tres meses de restricciones a la libertad, recupero estas palabras con el deseo de que no vuelvan a repetirse. 

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