La frase del título puede parecer una obviedad, pero después de una semana en la que el referéndum sobre la Constitución egipcia ha acaparado parte de mi trabajo, está bien recordarla para no caer en la trampa. La victoria arrolladora del “Sí” a la nueva Carta Magna se ha interpretado en este país como un respaldo definitivo al plan de transición impulsado por los militares. Tanto, que hasta la posible candidatura del general Abdel Fatah al Sisi ha ganado enteros, si no los tenía ya antes. Pero no estaría de más destacar que la aprobación de un texto constitucional es un paso previsible que no determina el futuro tan importante que se juega Egipto. 

El director del Real Instituto Elcano, George Powell, acaba de dejarlo caer en una seminario sobre las transiciones democráticas. Un proceso así necesita representarse a través de actores que tomen decisiones y que respeten a aquellos que no les han votado. Una idea con la que tropezó el islamista Mohamed Mursi, pero que podría afectar a los próximos dirigentes. También la libertad alcanzada durante la revolución va a ser un factor importante para determinar el carácter democrático de un régimen, que en adelante debería garantizar la libertad de expresión, de asamblea y de asociación, según Powell. Esa óptica puede no gustar demasiado a quienes se decantan por defender el principio de seguridad en detrimento de los derechos y libertades. Además, está el asunto de la reconciliación nacional, que debe dejar de lado la venganza y nuevas injusticias con el fin de alcanzar una justicia transicional. Bonitas palabras que en la práctica se atascan frente a otra serie de prioridades. Tampoco es que la democracia vaya a resolver los problemas actuales, empezando por la crisis económica, pero implica una forma “civilizada” de actuar con la que se pueden mejorar ciertos aspectos de la vida cotidiana, lo que una buena parte de los egipcios agradecería.

Por supuesto, una transición debería aglutinar a todos los ciudadanos. No se trata de excluir a quienes se acusa de autoexcluirse, como las autoridades insisten en decir al referirse a los Hermanos Musulmanes. Hay miedos palpables que llevará tiempo superar. Ya no es solo el cumplimiento de la ley o la situación económica. Citando al sociólogo José Linz, Powell habla también de la necesidad de una sociedad civil dinámica y unos partidos políticos fuertes. El nombre de Túnez está en el aire. Solo que las diferencias entre ese país, de menor peso en la región, y Egipto impiden a este último mirar hacia un ejemplo de transición menos convulsa y más conciliadora. 

Puede haber retrocesos, como los ha habido, si bien se necesita más que esperanza para no caer en el pesimismo de que “la democracia no es compatible con los países pobres”. Añádase con los países árabes. El conflicto y la incertidumbre acompañan esos procesos, pero ¿quién dijo que salir de una dictadura fuera a tomar poco tiempo?

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