El juego de la esclusa

Creo que nunca entenderé este país. Por mucho que lo intente. Hay cosas que escapan a la razón occidental como la forma que tienen los egipcios de vender sus productos al turista extranjero. El último método que me sorprendió no es otro que el del “juego de la esclusa”.

Andaba yo durante esos días de finales de octubre en un idílico crucero por el río Nilo. Tenía entre mis manos el primer volumen de la trilogía de El Cairo, de Naguib Mahfouz, que pensaba yo me iba a proporcionar claves útiles para entender la cultura que me rodea.

Noté que el barco disminuía su velocidad cuando al fondo vi que nos acercábamos a una esclusa, por donde íbamos a entrar a otro tramo del río con menor nivel de agua. Estábamos en Esna, una localidad a medio camino entre Edfú y Luxor, en una zona apenas urbanizada y con los colores que deja el Nilo en el desierto. A escasos metros de la presa, había tres barcas que no se apartaban y corrían el riesgo de chochar contra el barco. “Estarán jugando”, pensé desde mi ingenuidad.

No había que ser muy hábil para darse cuenta de que los gritos que empezaron a dar no eran un saludo amable a los visitantes sino la manera de llamar nuestra máxima atención para ofrecernos sus mercancías a riesgo de ser embestidos. Enseguida, optaron por lanzar las ropas, toallas y manteles con motivos faraónicos a la cubierta del barco y los turistas entraron pronto en el juego. Preguntaban los precios, miraban las telas y se las devolvían por los aires.

En un momento dado, la escena se convirtió en una lluvia de trapos acompañada de las risas de los turistas y las voces insistentes de los comerciantes, que perdían una vez más la oportunidad de hacer negocio. Un alemán comentaba: “Si es que están desesperados, cómo quieren que compremos algo de tan mala calidad”.

No le falta razón. Cada vez que alguien intenta acceder a un templo, los vendedores le atosigan con sus baratijas en mano, le gritan los precios en todos los idiomas posibles, le persiguen hasta donde haga falta y hasta le lanzan las piezas para que finalmente se las quede. La selección siempre es la misma: bustos de Nefertiti de plástico, pulseras con la piedra del escarabajo, pañuelos y sombreros de Indiana Jones.

Y pensar que esos egipcios esperan todos los días sus propinas en euros y dólares. En este año de pasiones revolucionarias y crisis económica, Egipto sigue apostando por el turismo de masas. El principal asesor del Ministerio de Turismo me decía en su día que el sector cerraría 2011 con pérdidas de 2.300 millones de dólares y un 25% menos de ingresos. Como sigan así, habrá que ver cómo termina el juego.

Egipto, al rescate de su turismo. [http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/26/economia/1317023109.html]

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Violencia de autor

Yo imaginaba que una de las mayores dificultades del corresponsal de guerra era saber de qué bando venían los ataques o, cuanto menos, explicar la situación en el campo de batalla con solo mirar una pequeña parcela. Ahora, tras los últimos disturbios en El Cairo que dejaron al menos 25 muertos, sé que esas mismas dudas se presentan en cualquier escenario de violencia.

Llegamos esa noche a las inmediaciones del Maspiro, la sede de la televisión y la radio estatales, alertados por la muerte de dos soldados en una manifestación de coptos (cristianos egipcios). Sabíamos que el ambiente era tenso y que había que andarse con muchísimo cuidado para no despertar la ira de las personas que habían acudido hasta el lugar con cuchillos y palos. Desde el puente del 26 de Julio, veíamos la llegada de ambulancias para trasladar a los heridos y los tanques repletos de militares y de fuerzas de seguridad que, lejos de actuar para dispersar a la gente, permanecían a la espera de que la situación se desbordase.

Un cordón policial colocado frente al mencionado edificio público impedía el paso hacia la zona donde se estaban concentrando los choques entre los manifestantes cristianos y el ejército. Si no fuera por ese “pequeño” detalle, cualquiera pensaría desde nuestro bando que la pelea se debía a las fricciones interconfesionales. Digo esto porque a ese otro lado del Maspiro donde nos encontrábamos no había más que musulmanes que habían llegado haciendo caso de los mensajes del canal estatal, que en su cobertura de los sucesos les había pedido que salieran a defender a las Fuerzas Armadas de la agresión copta.

En esa orilla del Nilo, los extranjeros no éramos bien recibidos. Mucho menos si eras mujer y no estabas tapada con el velo islámico, puesto que daban por hecho que eras cristiana, y de las malas. A los gritos e insultos se unían voces de personas bienintencionadas que nos recomendaban salir de allí para no encrespar todavía más los ánimos. Eso fue lo que hicimos.

Con la imagen en mente de los coches carbonizados y los pañuelos antigases, me quedé pensando en que nunca sabremos quién inició realmente los enfrentamientos ni cuántas víctimas hubo en total. Sólo podremos recurrir a la impotencia y las lágrimas de los coptos en los funerales del 10 de octubre o a las explicaciones esperpénticas de la junta militar. Para quien no sé dé por satisfecho, siempre le quedará la versión de que fueron los “baltaguiya”, los matones del régimen de Hosni Mubarak, que se infiltraron para desestabilizar el proceso de transición democrática.

Tanto hablar de violencia sectaria y al final nos quedamos sin desenmascarar a su autor…

Temblor en la embajada

El viernes iba ser un día movido. Cualquiera que hubiera observado cómo se organizaba la llamada marcha por la “corrección del camino”, en la que miles de egipcios exigirían un empuje al proceso democrático, sabía que había riesgo de violencia. Lo que nadie intuía es que el escenario de las protestas terminase ante la embajada israelí en El Cairo.

La manifestación transcurrió pacíficamente durante la mayor parte del día. En la plaza de Tahrir se oían consignas contra el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, en el poder desde la caída del expresidente Hosni Mubarak, y los jóvenes portaban pegatinas pidiendo el fin de los juicios militares a civiles. Sólo de vez en cuando llegaban rumores de que todo acabaría desmadrándose. ¿Cuándo? ¿Dónde? Todavía era pronto para saberlo.

Un motivo para desconfiar eran los numerosos ultras de varios equipos de fútbol que se habían unido a la protesta en contra del ministro del Interior, Mansur Esawi, por una trifulca anterior. Marcharon hacia la sede del Ministerio pero se contuvieron de atacarlo. Tenía ya casi escrita la nota cuando vi en la televisión que un grupo de manifestantes se había dirigido ante la embajada de Israel en El Cairo y había empezado a derribar un muro de protección colocado hace poco. Era la misma escena que la de semanas anteriores, cuando cientos de egipcios habían expresado su furia tras la muerte de seis militares egipcios por un ataque aéreo israelí.

Por su parte, el Gobierno y las Fuerzas Armadas habían guardado cautela diciendo previamente que cualquier disturbio sería responsabilidad de los manifestantes y que sólo intervendrían en caso de ataque contra la propiedad. Para cuando el muro de la embajada ya había sido derribado, decenas de personas habían entrado en el edificio y caía de las alturas una lluvia de papeles de dudoso origen, los policías sólo miraban. Y mientras, ardía una dependencia de Seguridad del Estado…

Pendiente de todo lo que se difundía en internet, otra periodista de Efe me contaba por teléfono lo que veía. Algunas de mis palabras escritas: Gases lacrimógenos, carreras a ciegas, puestos ambulantes, despliegue de tanques, disparos al aire. Ante esa atmósfera de revolución inconclusa, el embajador israelí había puesto pies en polvorosa y seis israelíes esperaban ser rescatados por un comando especial egipcio cuyos miembros tuvieron que hacerse pasar por manifestantes antes de entrar en la infranqueable y al mismo tiempo vulnerable embajada.

Como parte de la historia también quedarán las llamadas perdidas del Gobierno israelí al mariscal Husein Tantaui y la intermediación estadounidense con amenazas de por medio. También la decisión del Gobierno y los militares de aplicar todo el peso de la Ley de Emergencia, la misma que lleva 30 años vigente y que pretendían derogar.

Pero cuando a la mañana siguiente preguntabas a los egipcios que seguían congregados y que de vez en cuando protagonizaba nuevos altercados, la mayoría se mostraba feliz porque habían conseguido por la fuerza lo que el gobierno no se atrevía a hacer en el terreno diplomático: echar al embajador israelí.

Algunos se reponían de la batalla campal durmiendo en los soportales. Otros se paseaban con botes de gas en una mano y pañuelos en la otra. También los había que se enzarzaban en riñas poco productivas o te rodeaban desconfiados al ver que eras extranjera. Menos mal que siempre hay un periodista local que, cual ángel de la guarda, te acompaña, te hace de traductor y te explica lo que ves pero no entiendes.

Al cabo de las horas, para cuando la previsión ya estaba mandada, las ganas de lucha se desvanecieron, pero el símbolo de la batalla permaneció en lo alto: una bandera egipcia ondeaba en lugar de la israelí.

http://www.rpp.com.pe/2011-09-10-manifestantes-mantienen-presion-frente-a-embajada-israeli-en-el-cairo-noticia_402644.html

Un sutil ronroneo

El Cairo es la ciudad de los gatos. Nunca en ningún otro sitio los perros se sintieron tan desplazados como en Egipto, donde los gatos han tomado literalmente las calles y los callejones. Los tanques de la plaza Tahrir se irán, como también lo harán los turistas saudíes o los fondos de inversión, pero si siete vidas tiene un gato, entonces El Cairo rebosa de vida gatuna.

Los gatos cairotas recuerdan a esos infiltrados acusados de espiar para Israel en la película de la vida real. También los árabes han debido armar sus escuadrones felinos para espiarse unos a otros, pero lo cierto es que por debajo del caos y el bullicio se reparten el territorio civilizadamente, sin tratados de paz de por medio.

Ese pacto de caballeros se ve, por ejemplo, en cualquier torre del barrio “diplomático” de Zamalek, donde abundan las embajadas. En un edificio escogido al azar, suben y bajan las escaleras que comunican 34 pisos con sigilo y clase. Sólo se intuye su presencia por el olor que dejan a su paso en los recovecos a la espalda del ascensor.

Puestos a contar, cada rellano está ocupado por un gato. Unos cartones usados, unas bolsas esparcidas por el suelo y ellos son los primeros en acomodarse en esa “petit maison” para vagabundos eternos. Desde allí espían para el resto del mundo. Observan quién entra o sale de las casas, controlan que no haya desperdicios de comida e imponen su ley en soledad como los grandes señores.

En la calle se camuflan con el polvo y las sombras de los coches. Nunca son atropellados gracias a ese instinto que debieron desarrollar en el Antiguo Egipto. Considerados animales sagrados, fueron entonces sacrificados, enterrados y hasta momificados. De todas esas prácticas aprendieron y ahora esperan su turno, preparándose para invadir las dos orillas del Nilo.

http://lcdcatsystem.bandcamp.com/

Kilómetro 0

Habría que preguntarse cuántas ciudades del mundo tienen su “Kilómetro 0”. De alguna forma, todas lo tienen cuando alguien llega allí para quedarse y vacía de números su cuentakilómetros. Pareciera que lo que has vivido anteriormente no importa, no sirve cuando tienes que amoldarte a una realidad que nunca te habías imaginado. Es ahí cuando toca empezar de cero.

 Las preguntas son las mismas, las respuestas también. ¿Cómo es Egipto? ¿Y El Cairo? ¿La comida? ¿El ambiente? ¿Los hombres? Aún no he tenido tiempo de ver nada. Y es cierto. En diez días sólo me he dedicado a buscar piso y a insertarme en la rueda de trabajo de la agencia.

Pero ya que preguntan, contaré algo. La religión lo impregna todo en este país. Llegué con el inicio del ramadán, cuando las personas empiezan a felicitarse entre ellas porque están de fiesta. Apenas duermen, ayunan hasta la caída del sol y trastocan cualquier horario con tal de estar listos para el “iftar” (la comida con la que rompen las privaciones mundanas).

Entre tanto, la ciudad no se detiene. Aunque sólo he salido de la isla de Yazira una vez desde que entré, desde las alturas se comprueba el intenso tránsito, las continuas llamadas a la oración y la luz que desprende la ciudad tanto de día como de noche. Las decenas de mezquitas que se ven desde mi habitación están decoradas con anillos verdes que brillan en la oscuridad y, mientras, el Nilo se mueve con la parsimonia que le dan los millones de años a sus espaldas.

A mis caminatas con los “simsars” (esos agentes inmobiliarios cuyo negocio incluye a los propietarios y, por supuesto, a las imprescindibles porteros o “bawabs”) en busca de ese piso de ensueño que parece he encontrado, se une la actualidad informativa que trato de asimilar a marchas forzadas. El juicio a Hosni Mubarak fue la noticia del día, pero los muertos en Siria no han parado de ocupar portadas desde que estallaran las protestas el pasado marzo. El árabe y mi analfabetismo radical merecen un capítulo aparte. Y también las delicias egipcias que, poco a poco, iré destapando.

Aires de despedida y viceversa

Llegan aires de renovación para este blog, para esta historia y esta mi vida. Mañana a esta hora, cuando esté aterrizando en la capital egipcia, no tendré tiempo de volver la vista atrás y analizar estos cortos e impetuosos últimos meses. Seguramente me centraré en mi nueva aventura con nerviosismo, pero hoy que tengo tiempo, bajo el nocturno cielo de Madrid, prefiero esbozar unas ideas, acaso unos recuerdos nostálgicos de mis últimas horas en Perú.

Parecía difícil partir de una tierra que me ha acogido con tanta emoción durante el último año y medio. Dejaba en Lima a grandes amigos y me despedía de un diario que me dio numerosas satisfacciones en lo profesional, además de un notable cansancio. Las pasadas elecciones presidenciales se convirtieron en el eje informativo del año y yo estaba allí para narrarlo en un estado de emoción que creo no solo los periodistas serán capaces de entender. 

Decidí que una etapa acababa y otra iba a empezar en menos de 48 horas. Presenta tu renuncia, acelera los trámites burocráticos, organiza una cena de despedida en el chifa del barrio y recoge toda tu vida material en una maleta de 23 kilos mientras el chófer te está esperando en el portal. Brutal mezcla de sentimientos y, en definitiva, una incredulidad que sólo se acentúa cuando el avión toca tierra en Madrid. De vuelta a casa.

El regreso es siempre especial pero cada vez me resulta más irreal por lo que tiene de transitorio. Tres semanas no son suficientes para colmar las ganas de mamitis, papitis, amiguitis y familitis que todos necesitamos de vez en cuando. Desconecto en estos tiempos revueltos aunque mañana presiento que pensaré de otra manera. En esta ocasión, me espera Egipto y un ansiado puesto de corresponsal que además promete curvas. Espero reinventar el blog Limandodistancias desde tierras moras, con una nueva perspectiva de la llamada “primavera árabe” y con las vivencias más llamativas. Para ello, volveré a abrir los ojos como aquella recién nacida que una vez pisó Lima y se quedó cautivada.

¿A qué suena una redacción?

Me paro un instante y me quedo pensando. En estado de trance, miro a mi alrededor y encuentro una redacción en ebullición. Deben ser las seis de la tarde y la gente está ansiosa por dejar lista su nota, mientras en la mesa de edición ya se han tomado decisiones y perfilado la portada del día siguiente. Pero, ¿a qué suena la redacción de un diario en hora punta? En primer lugar, al sonido que desprenden las teclas de los ordenadores. Un “tucutú” constante que simula una música de fondo en la que los artistas cantan, bailan y se desesperan por dentro mientras buscan el titular perfecto en la inmensidad de una caja en blanco. Es el runrún que se esparce por todas las secciones, aunque cada una de ellas entra a un tiempo distinto. Ahí están, por ejemplo, Economía y Policiales, que ya pulsan sus últimas teclas, mientras en Política y Sociedad hace poco que han empezado a reordenar sus ideas. El otro sonido que nunca falta es el de la televisión. Por muy bajo que esté el volumen, las voces de los locutores se entremezclan con los protagonistas de las noticias y las músicas de los anuncios en un montaje que, dicen, representa la realidad. Apenas se escucha el ruido de la calle, incluidas las bocinas de los carros que atacarían los nervios en cualquier otra circunstancia. En ese momento de creación colectiva, los teléfonos sólo suenan de vez en cuando, a no ser que un redactor siga teniendo rumores que confirmar. Termino entre tantas vibraciones, entre tantos tonos y texturas, que cuando después leo el resultado final en forma de periódico me doy cuenta de lo que significan esos sonidos. Esas pulsaciones que me dan la vida y al mismo tiempo me enseñan a vivirla.

P.D. Gracias a este trabajo, puedo responder a preguntas como las que me hicieron en la Radio Nacional de Uruguay esta semana. http://www.sodre.gub.uy.asp1-4.websitetestlink.com/Sodre/tabid/117/Default.aspx?idNoticia=16802

Una campaña de película

Yo ya me había acostumbrado a vivir en continua campaña. Estos últimos cinco meses los he pasado haciendo y deshaciendo mochilas, malalimentándome, persiguiendo a los candidatos día y noche, y cuando se supone que esa rutina ha llegado a su fin porque ya hay un presidente electo en Perú, pues parece como si mi vida tuviera un vacío existencial.

Tampoco hay que exagerar, pero más vale hacerlo un poco para cuestiones de “blogging”. Para empezar, caeré en la tentación generalizada de trazar un balance de campaña porque, definitivamente, la campaña ha tenido un final de película, de esos que ni el más avispado en el género de suspense se hubiera imaginado al inicio.

Cuando llegué a Lima en enero, la entonces candidata presidencial del Apra, Mercedes Aráoz, acababa de renunciar a pelear la plaza. En total, eran once los aspirantes a ocupar el Sillón de Pizarro (¿cómo será? ¿olerá bien?), aunque sólo tres tenían opciones serias, según las encuestas. Alejandro Toledo llegó a lograr hasta un 30% de intención de voto, mientras Luis Castañeda y Keiko Fujimori se mantuvieron en torno al 20%. En el periódico se seguía por gusto a otros como Pedro Pablo Kuczynski, Ollanta Humala y hasta Manuel Rodríguez Cuadros, en aras de la pluralidad democrática.

Parecía que no pasaba nada. Una periodista veterana del diario me comentaba que veía una campaña de lo más aburrida y los temas se podían resumir en tres: los altos gastos del equipo de Perú Posible, la pasada gestión de Castañeda en la Alcaldía de Lima o la prometida renuncia a la doble nacionalidad de PPK. Soporíferos…

Sin embargo, la trama de los chismes diplomáticos estadounidenses (en otras palabras, los “wikileaks”) movió el tablero peruano e hizo ganar visibilidad al comandante Humala, quien apenas había ocupado espacio mediático. Una serie de errores llevaron a Toledo a iniciar su caída libre en los sondeos, mientras su ex ministro de Economía le hacía la competencia con artimañas a veces un tanto sucias. Se acercaba la primera vuelta y encontrábamos rostros desencajados como los de Toledo y Castañeda (al primero aún no se le ha quitado el disgusto y el segundo prácticamente ha desaparecido del mapa). El cauce electoral se volvía turbio…

¿En qué momento se radicalizó la política peruana? Cuando Ollanta y Keiko pasaron la criba. Como en ciclismo, la cabeza del pelotón sufrió el desgaste y los extremos se hicieron fuertes frente a la división de las fuerzas supuestamente más democráticas. Entonces, los dos candidatos con opciones se jugaron el todo por el todo para ganarse la confianza de un electorado reticente y de unos dirigentes dolidos. Papel especial tuvieron los medios de comunicación nacionales, que pasaron de guardar la distancia oportuna respecto del poder para pasar a hacer una campaña dura, especialmente durísima contra la candidatura de Humala. Mientras el grupo El Comercio y la mayoría de medios impresos y audiovisuales se cebaban con éste, La República mantenía (junto a algunos portales en Internet) su férrea oposición a Fujimori.

Keiko Fujimori se colocó por delante hasta la última semana. A excepción de Perú Posible, el resto de partidos políticos se decantaron por que continuase la política de Alan García (el fujimorismo había sido su fiel aliado). Por su parte, Humala presentaba documentos de compromiso y reforzaba su equipo de plan de gobierno con técnicos independientes que pusieran al margen las ideologías. El último debate presidencial mostró a un Humala más conciliador y a una Fujimori más agresiva, pero faltaban otros elementos de juicio.

Suele decirse que los errores cuentan más que los aciertos de los políticos. La actitud de varios voceros fujimoristas fue lamentable. Tampoco ayudó la estrategia de Keiko de recordar el asistencialismo de su padre e intentar al mismo tiempo desmarcarse de las violaciones de derechos humanos y la corrupción. Algo de siniestro en esa candidata debieron olerse los peruanos que en los días previos a la elección comenzaron a dejarse de ambigüedades y votaron a favor de Humala. El nacionalista sigue sin creérselo del todo y ahora estrena sus zapatos de presidente en una gira junto a su mujer por Latinoamérica que le debe estar pareciendo una “luna de miel”. Cuando se ponga a trabajar, ya será otra historia.

(Las fotos muestran Trujillo, Chanchamayo y Cusco, algunos lugares a los que tuve el privilegio de viajar como “enviada especial”).

La alargada sombra de los Fujimori

No me di cuenta de lo que había hecho hasta que llegué a la redacción. Después de haberme batido en duelo con los voceros de Fuerza 2011 en una conferencia que Canal N sólo transmitió a la mitad, recibí el aplauso de mis compañeros, comentarios en twitter y facebook, y mensajes de texto al celular que alababan mi “osadía”. Pongo la palabra osadía entre comillas porque a mí me pareció que estaba realizando la función más básica del periodista, la de preguntar y poner en contradicción a los políticos, que en este caso concreto aspiran a gobernar Perú acompañados de una oscurísima trayectoria.

La condena por evasión de impuestos del suegro de Keiko Fujimori es sólo un ejemplo más de los tentáculos mafiosos de esa familia. Si Mark Vito Villanella, esposo de Keiko y posible Primer Caballero peruano, aparece en una rueda de prensa para apenas hacer una declaración pública y no responder ninguna de las muchas dudas que suscita, es deber del periodista hacerlo notar e insistir para que el oficio no se convierta en una mera difusión de los mensajes propagandísticos del poder. En cambio, nos parece heroico que alguien pueda discutir esa actitud hermética mientras la mayoría de medios le sigue el juego a la candidatura fujimorista y calla cualquier pregunta de sentido común. Algo está fallando en la profesión.

En lo que respecta al resto de la conferencia, lo que los telespectadores no pudieron ver fue la opinión de Rafael Rey sobre Vladimiro Montesinos (“no sé si ha matado, yo no lo he visto matar”, dijo sobre el cerebro del Servicio de Inteligencia condenado a 25 años de prisión por la matanza de Barrios Altos), los descalificativos hacia los periodistas que cuestionan sus declaraciones (“creo que todos lo han entendido menos usted”, en alusión a mi persona) o los comentarios de tipo religioso contra Mario Vargas LLosa de alguien que pertenece al Opus Dei, ha cambiado de bancada como de camiseta y encima tuvo que dimitir el año pasado como ministro de Defensa por permitir la impunidad de militares que hubieran cometidos violaciones de derechos humanos.

Para mí, no es la primera vez que llego a algún acto de Fuerza 2011 y me dicen que soy una “atrevida” por estar allí. ¿En serio? ¿Acaso La República no puede conocer la opinión de ese partido aunque luego saque investigaciones independientes que refuten sus tesis con hechos y datos?

Muchos medios, interesados en mantener el “status quo” y aliarse con Fujimori como lo hicieron con su padre en la década de los 90 (cuando vendieron sus líneas editoriales al por mayor), han cedido a las presiones del mercado y crean espacios dignos de una buena tesis doctoral sobre la manipulación informativa. Por eso, Keiko Fujimori y sus voceros se han acostumbrado a las preguntas cómodas. Aunque en cada medio hay buenos profesionales independientes, en el espectro se huele un tufillo fujimorista que convierte a La República en uno de los pocos medios que van a contracorriente. Lástima que se silencien las buenas investigaciones y, en cambio, sólo se propaguen rumores, filtraciones sin contrastar y otros refritos.

Del lado de Ollanta Humala hay críticas bien, mal o regularmente fundadas. Del lado de Keiko Fujimori, sólo veo una continuación del régimen de su padre. Ya no es sólo por la propaganda orquestada desde la cárcel de Alberto Fujimori ni los planes para perpetuarse en el poder (y en libertad, dicho sea de paso), sino por el pasado tan presente de los que acompañan a Keiko. Personas que defendieron el golpe de Estado de 1992, las esterilizaciones forzadas, la corrupción sistemática, la liberalización económica que dio al traste con los derechos laborales o el asistencialismo que hundió al país en la pobreza económica y en la pérdida de dignidad. Gente que -a pesar de las múltiples sentencias judiciales- sigue sin ver la responsabilidad de su cúpula en los numerosos crímenes de Estado que se cometieron durante la violencia política y que hace comentarios como los de Jorge Trelles, que sigue en el partido tras haberse vanagloriado de que ellos, los fujimoristas, mataron menos que gobiernos anteriores.

Todas esas barbaridades tengo que escuchar cada día sentada en la redacción y cuando me encuentro frente a ellos, todavía quieren que me calle y no cuestione sus métodos de guerra sucia ni su entorno maquiavélico. Lamento que la sombra de los Fujimori sea tan alargada, pero mucho más que haya que estar ciego (por conveniencia) para no verla.